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Interior de Navaja. Foto de revistaad.es

RICA FUSIÓN GALLEGO-NIKKEI 

Sí, hemos sucumbido a las tendencias y hemos ido a uno de los restaurantes de moda de Malasaña: Navaja. A priori, parece uno de esos sitios raros que están en tierra de nadie gastronómicamente hablando, pero una vez que pruebas sus platos, te das cuenta de que saben perfectamente lo que hacen. ¿Un gallego-nikkei? Pues vale, y bastante logrado.

Restaurante fusión, cocina gallega-nikkei; en calle Valverde, 42 – Distrito: Centro; Barrio: Malasaña (Metro Tribunal, L- 1 y 10; Gran Vía, L-1 y 5)  656 852304

Navaja es un coqueto restaurante ubicado en el corazón de Malasaña que tiene muy claro qué ofrecer: un ambiente acogedor para grupos de amigos o parejas con musiquita de moda, amabilidad a raudales y comida a caballo entre Galicia, América del Sur y Asia. Está dividido en tres zonas: nada más entrar, te encuentras con mesas altas y taburetes para cañas, picoteo o cena informal; más adentro, una barra donde se preparan las bebidas (entre las que no faltan los famosos pisco sours de Perú); y al fondo un pequeño comedor.

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Aperitivo con dos dobles de cerveza.

Nosotros fuimos dos personas sin reserva, por lo que nos quedamos en las mesas altas del principio. Nos atendieron muy rápido. Dos cervezas y un aperitivo a cuenta de la casa: pimientos del padrón con nachos, nada del otro mundo, pero ya sabéis que nos encantan estos detalles. Estudiamos la carta, escrita en una gran pizarra, en la que no hay más de una docena de platos: ostras, navajas, ceviche, aguachile, buns, sardinas con panko o tataki. ¡Toma ya! Esto sí que es una fusión, en concreto gallego-nikkei, no en vano los dueños del local, Libia Veiga y Álex Álvarez, son de Galicia.

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Aguachile de gambón.

Sin más dilación, pedimos la comida al camarero, todo a la vez para que lo traigan poco a poco. Lo primero debería de haber sido unos mejillones de batea, pero nos traen el Aguachile de gambón (12 euros). Según nos explica Libia, que es quien nos trae el plato, es la versión mexicana del tiradito de Perú, con los gambones pasados por soplete, leche de tigre, jalapeño, cebolla encurtida en vino blanco y vinagre de arroz, polvo de tolopos (nachos) y daditos de boniato. Está riquísimo. Para nosotros, un imprescindible de este local sin duda. Pica un poco, pero es lo normal en este tipo de gastronomía. El punto del gambón es el adecuado y la leche de tigre está para maullar, al igual que los trocitos de boniato. Ni qué decir tiene que mojamos abundante pan hasta que se acaba.

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Bans de presa ibérica.

Seguimos esperando los mejillones, pero nos traen los dos bans de presa ibérica (4 euros cada uno) con cebollita morada. Otro plato súper rico, a pesar de que no terminamos de encontrarle el punto a los bollitos de pan japoneses (preferimos nuestro pan de toda la vida). Sabroso, con la carne en su punto y fácil de comer. Hay que pedirlo.

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Tartar de solomillo japo.

Aún sin rastro de los mejillones, nos traen el tartar de solomillo japo, una carne de res troceada a cuchillo, macerada en soja y servida con alga nori,  papel de yuca y crema de wasabi, y acompañada con una cestita de pan. No terminamos de sacarle el gusto a este plato, no está malo, pero pensamos que la soja no te deja saborear la carne. Vamos, que te podrían poner solomillo, costilla o jamón y todo sabría lo mismo. Curioso, pero prescindible.

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Mejillones de batea.

Al ver que ya habíamos consumido casi todo, le decimos a Libia que nos faltan los mejillones de batea (3 euros, cuatro piezas). Tras disculparse, nos los trae rauda y veloz. La verdad es que están realmente ricos, frescos y sabrosos, aunque la forma de servirlos sobre lecho de hielo como si fueran ostras a nosotros no nos parece muy acertada porque el frío excesivo le resta sabor a algunos productos, como es el caso de los mejillones, en nuestra humilde opinión.

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Brownie de chocolate.

Por la demora de los mejillones, Libia nos pregunta si queremos algo más, que invita la casa, un detalle que nos encanta y demuestra que aquí tratan muy bien a la clientela. Aunque en principio nos planteamos probar las famosas navajas, preferimos pasar ya al postre. Pedimos un brownie de chocolate (6 euros) servido en tres trozos, una ración muy abundante para compartir entre dos o tres. Está rico, con buen sabor a chocolate auténtico, pero lo encontramos un poquitín seco.

Mientras dura nuestra cena, algo más de una hora, el local se ha llenado de grupos de jóvenes amigos y algunas parejas. La verdad es que el ambiente mola, aunque es un poco ruidoso para charlar con tranquilidad. En total gastamos 47 euros por cuatro platos, cestita de pan (gratis) y cuatro dobles de cerveza (a 2,50 euros cada uno), un precio bastante ajustado. Si hubiéramos pagamos el postre nos habría salido por 53 euros, o sea, 26,50 euros por barba, una cuenta bastante asequible.

 

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